El Paisaje Interior

Es habitual que las fotografías de paisajes intenten rescatar los elementos visuales de un lugar que seguramente provocó una experiencia memorable y que se intenta reproducir en una o más fotografías, con una suerte de obsesión en el registro para una etapa posterior.

La mayoría de las veces ese intento resulta miserablemente fallido y el fotógrafo, una vez que enseña la imagen en su círculo de amistades o familiares,  se ve en la triste obligación de explicarlo todo: es que acá había un muro grande y rojo que daba un aspecto carcelario a todo el entorno y por eso que....vano intento, la foto que requiere explicación, tírala a la basura de una buena vez.

Admitan esta historia para graficar el punto: hace miles de años participé en mi primer concurso fotográfico, lleno de nervios y ansiedades. La primera experiencia de exponer una o varias fotos en público, es decir a la feroz y despiadada crítica de tus amigos de los no tan amigos, empuja al practicante de la experiencia en una tensión limítrofe, pulso acelerado, pupilas dilatas, diarrea ocasional.

Si a la experiencia exhibicionista le agregas la competencia que está implícita en todo concurso, entonces puedes imaginar, lejanamente, mi patética situación emocional.

El hecho es que el jurado estaba compuesto por un par de profesores de la Universidad con escaso conocimiento del tema y un viejo fotógrafo, aún en ejercicio, que había recibido en algún momento de su extensa carrera el Premio Nacional de  Fotografía, lo cual lo hacía automáticamente acreedor del respeto de todos los imberbes participantes.

Y además estábamos todos  más que claros que su opinión definiría los premios finales. Y así fue....para no extender las cosas inútilmente, abreviaré diciendo que me fue otorgada una digna medalla de bronce o, dicho de otro modo menos olímpico, obtuve el tercer premio.

No recuerdo haber estado contento con el tercer premio. A la distancia, creo que se mezclaban la arrogancia propia de la inexperiencia, con el hecho de que si recibes un premio, entonces quieres que sea ni siquiera el segundo, sino el primer premio. Pero las cosas no resultaron así y por cierto que me enfrenté, con todo respeto, a tan venerable Premio Nacional y le pregunté porque mi fotografía no había ganado el primer premio. Su respuesta me dejó en un mar de dudas:

- Tu fotografía es obvia, el arte fotográfico no debe ser obvio, debe ser implícito – fue su respuesta modulada con toda calidez y un rasgo de sobreprotección, desde la alturas de su Premio Nacional (siempre así, con mayúsculas) hacia las profundidades del modesto aprendiz.  Ni recuerdo que fotografía habré presentado al concurso, pero me sentí en la implícita tarea de defender mi creación y escogí el camino menos oportuno: haciendo gala de una sinceridad que ocupo raras veces, le espeté:

 - No entiendo lo que me dice -  más ofuscado que ofendido por mi escasa capacidad de comprensión.

Con una paciencia digna de una mejor causa, me llevó hacia donde estaban sus cosas personales, entre las que destacaba  un portafolio de cuero muy viejo.

- Te voy a contar una historia -  comenzó - hace unos años me llamaron a fotografiar un terrible accidente en donde un tren había colisionado contra un bus lleno de escolares. La mayoría de ellos resultó muerto o gravemente herido y cuando llegué al lugar, ya de noche, los restantes fotógrafos disparaban sus cámaras apuntando el cuerpo mutilado de los niños en el suelo, describiendo los efectos de la tragedia con todo detalle – En este punto, él se detuvo evaluando con unos ojos pequeños y ratoniles  mi reacción a su historia.

Yo le escuchaba boquiabierto, conciente de estar recibiendo un regalo lejos más valioso que el tercer premio de fotografía del concurso. Al advertir mi interés, él continuó  su relato:

- Sin embargo, yo no nada hice eso. Yo hice una fotografía muy distinta a todo eso - Afirmando sus palabras, abrió el portafolios,  sacó una fotografía y me la mostró.

La imagen era la de fotografía de un riel, un riel solitario que se perdía en el infinito, entre brumas y sombras. El acero del riel destellaba en la noche como una amenazante cimitarra curva y casi se podía percibir la dureza helada del metal. Encima del riel, un zapatito destrozado completaba la tragedia de la imagen.

Podía oler el miedo, podía imaginar los gritos de dolor  mirando esa fotografía silenciosa que vibraba en mis manos. Yo estaba mudo de asombro, de vergüenza, mudo frente al oficio de un fotógrafo viejo y dulce que se había dado el tiempo para regalarme una lección de esas que recibes una vez cada cien  años.

Sin que fueran necesarias las palabras, el entendió sin que yo había entendido. Le devolví la fotografía con un nudo en la garganta y cabeza gacha y paso breve, abandoné la sala sin emitir palabra. Cada vez que fotografío un evento duro, un evento de imágenes evidentes, recuerdo la foto de este viejo fotógrafo que me recuerda la sutileza, la necesidad de la búsqueda, el significante escondido en cada recoveco de la imagen que estoy a punto de crear.

De modo que soy un convencido que las imágenes deben explicarse por si solas, no debe ser necesario largas explicaciones técnicas o turísticas o arquitectónicas. Pero al mismo tiempo deben ser breves, concisas, sugerentes. Muestran una parte del total y el total está contenido en esa parte, como un juego de espejos y magia.

Finalmente, de la magia y los espejos nace la fotografía.