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Ella camina sobre el agua Mediodía de un verano aplastante, calor seco, el sol me cae sobre la espalda como un bloque de concreto. La corbata que estruja sin misericordia mi cuello contribuye a subrayar mi indiscutible condición de insecto, mientras camino apenas de regreso a mi oficina, después de asistir a una reunión inútil, llena de sobreentendidos, de palabras sin decir, de miradas cómplices que no me dicen nada y me irritan hasta el delirio. Camino torpemente por la calle que reverbera bajo la luz, ansiando llegar pronto a la oficina para tomarme toda el agua disponible, para poner mi cabeza caliente de rabia y de sofoco bajo el agua refrescante. A mi lado camina igualmente agotado mi jefe, con quien hemos asistido a la inútil reunión de duración interminable. Caminamos en silencio, sin comentarios pero compartiendo los mismo sentimientos de abatimiento, cansancio, sed, y sobre todo calor...calor Al enfrentar el puente que nos lleva a la oficina, situada al otro lado del río, vemos a una muchacha joven frente a la baranda, de cara al río, inmóvil como una estatua. Mientras avanzamos hacia ella, mi jefe comenta por lo bajo “parece que se va a tirar al agua...” sin mucho convencimiento. Ella no se percata de nuestra presencia, sus ojos ocultos bajo lentes oscuros están fijos, hipnotizados por el agua sucia que corre rauda bajo el puente. El puente es largo y después de caminar un tramo llegamos hasta donde está, lo que me permite verla mejor: es una muchacha de unos 20 años, su rostro posee una particular hermosura salvaje, contraído en una mueca leve que mezcla angustia y tozudez y mantiene ambas manos sobre la baranda metálica. Mientras camino a su espalda, ella ni siquiera nos mira, absorta en quizá que sueños rotos, que fantasías quebradas. Yo me digo “vamos, que cosa... con este calor y pensando en lanzarse al río quizás no es mala idea” con ese humor amargo que reservo para mis peores pensamientos. Pero por otro lado, mi espíritu salvador de Llanero Solitario del tipo Yujuuu, Silver...vamos a salvar al mundo...pugna por tomar un rol más activo, por hacer algo pero no sé bien que hacer y mi jefe camina cabizbajo a mi lado, sin hacer mayores comentarios, de manera que finalmente vence la cordura y me digo “esto no es problema mío..y además, si me detengo y le hablo, quizás que va a pensar mi jefe, que vivo metiéndome en cosas que no me importan...lo cual, dicho sea de paso, es enteramente cierto... porque este evento estoy seguro que no va subirme los bonos en la oficina...y porque mierda se le ocurre a esta histérica pararse acá, justo en este puente y justo, justo cuando yo vengo pasando con mi jefe...” y todas esas cosas que pasan como cometas por tu cabeza en un momento así. Ya hemos traspasado el lugar donde ella está inmóvil jugando a la estatua y yo la miro hacia atrás, como despidiéndome del evento, como abandonándolo en un pasado definitivo y... Acá ocurre algo que está mucho más allá de mis capacidades descriptivas. Odio cuando un autor escribe “una sensación inenarrable” porque me digo nada es inenarrable, eres tú el inútil que no sabes escribir...pero ahora me piso miserablemente la cola, no tengo la palabras apropiadas para describir lo que ocurre en ese momento: veo en un solo instante y de una vez, como en una iluminación mística, que ella está cogida de la baranda con una determinación abrumadora, veo la blancura de los nudillos que aprietan el metal de la baranda como dispuesta a reventarlo, veo que su torso se inclina dispuesta a saltar, veo su fiereza, su decisión. Y veo como en cámara lenta, una lágrima resbalando por su mejilla, brillando bajo el implacable sol de mediodía, antes de disolverse en un suspiro de sal. Entonces todo se inmoviliza como un fotograma congelado de una película de pocos recursos y se transforma en un descubrimiento: un ser humano está a pocos metros dispuesto a quitarse la vida y yo, el muy bestia, seguiré de largo porque tengo calor, porque mi jefe me está mirando... Me detengo súbitamente y lleno de dudas, me acerco a ella y le coloco una mano en su hombro. Nunca he estado en una situación semejante y no tengo idea que se debe decir en casos como éste. Le hablo suavemente, le pregunto su nombre, le digo que no sea tonta, le digo que me responda. Ella se mantiene hechizada frente al agua, inmóvil, ausente a mis palabras. Entonces le cojo una muñeca frágil y con esfuerzo logro desprenderla de la baranda. La obligo a girar el cuerpo y le desprendo la otra mano de la baranda. Ahora está frente a mí, no veo sus ojos escondidos, pero adivino que recién acaba de verme, acabo de ingresar en su espacio interno. La abrazo fuertemente, atraigo su cuerpo hacia el mío y la cubro, la protejo de la visión hechizante del agua turbulenta y sucia allá abajo. Pasan un par de segundos y su cuerpo tenso se suelta como un resorte desarticulado, se desmorona en mis brazos y comienza a llorar despacito, suavemente como un niño triste, llora largas lágrimas saladas con su cabeza apoyada en mi hombro, mientras mantengo abrazado su cuerpo tembloroso en segundos eternos, interminables. Cuando se tranquiliza un poco la miro directo a esos ojos que no veo, le digo que se vaya de ahí, que no hay nada que merezca hacer esa estupidez, que en dos esquinas más allá unos jugos de frutas que están recién hechos y que es allí donde debe estar ahora. Ella me devuelve la mirada con una sonrisa infinitamente triste. Vaya tranquilo, vaya con su vida, me dice en tono bajo y compasivo. Yo la suelto de a poco de mi abrazo, temiendo que se desplome, pero a pesar de mis pronósticos, se mantiene de pie, sonriendo, mirándome como un amigo de la infancia de quien debes despedirte. Le dejo ahí de pie en el puente bajo el sol implacable, mientras me alejo caminando al lado de mi jefe, que ha esperado el desenlace de la situación con santa paciencia. “Que te dijo?” me pregunta casi por compromiso. Nada, digo yo, solamente lloró en mi hombro... y me alejo caminando a su lado en silencio, recordando un viejo refrán chino que dice “si alguien salva tu vida, tu vida le pertenece a esa persona...” Día más tarde, después de recorrer inútilmente las noticias locales que dan cuenta de suicidios y desgracias semejantes en busca de la doncella salvada de las aguas, me doy cuenta que el refrán chino está esencialmente equivocado: cuando tú le salvas la vida a alguien, es tu propia vida la que permanecerá atrapada en ese acto. |
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