Primer Día

A las pocas horas de haber nacido y mientras yo dormía en la cama de la clínica mi primer sueño como habitante del planeta, mi madre sintió una caliente humedad que le inundaba las caderas y las piernas. Llamó con insistencia a la auxiliar que se esmeraba por ahí por otras parturientas como ella, hasta que con desgana, la auxiliar acudió a su lado.

- Estoy toda mojada – le dijo mi madre en tono imperativo -  por favor revíseme. La auxiliar desestimó el pedido con una mueca de hastío:

- Está toda meada, señora, quédese tranquila hasta la hora del aseo – le espetó con la dureza de alguien que lleva muchos años en el oficio.

Mi madre se sintió humillada y apretando los labios en una mueca de dureza que ya reconocería yo como clásica en los tiempos venideros y mientras la auxiliar se encaminaba hacia la puerta sin siquiera volver la vista atrás,  tomó las sábanas con sus propias manos y las lanzó hacia atrás descubriendo su cuerpo.

Una enorme mancha de sangre que crecía entre sus piernas enrojecía la sábana, empapaba su blanco camisón y crecía lentamente sobre el lecho. El grito de asombro de mi madre hizo detenerse en seco a la auxiliar, que ahogó un gemido de espanto al ver tamaña hemorragia. Hizo un torpe ademán de acercarse a la cama y cuando comprendió la inutilidad de su propósito y viendo la mirada gélida de los fríos ojos azules de mi madre, salió despavorida de la sala en busca del médico.

Como pueden ver, mi llegada a este mundo fue desde el principio, muy poco discreta.

Unos meses más tarde, mi padre se despidió con un beso en la puerta de la pequeña casita que habitábamos todos bajo el techo imaginario del matrimonio perfecto de finales de los años 40. Probablemente yo, al igual que el sangriento evento anterior, debo haber estado durmiendo como todos los niños suelen hacer a esa edad. Me perdí el último beso familiar de mis padres, porque esa noche mi padre no regresó, ni al día siguiente, ni al siguiente del siguiente tampoco.

Cuando ya mi madre comenzaba a enloquecer de desesperación, le llegó un recado insólito: mi padre estaba afincado en la Argentina, en conversaciones diplomáticas de alto nivel con el gobernante de la época, el General Domingo Perón. El desconcierto de mi madre era completo, ella sabía que mi padre hacía algunos trabajos esporádicos para la Cancillería de nuestro país, pero jamás habría imaginado que mi padre podría llegar a reunirse, en representación de nuestra patria, con el gobernante del país vecino.

Una vez que transcurrió más de una semana y no había noticias directas de él, mi madre tomó una decisión obtusa y desesperada: juntó sus pocos pesos y se embarcó una noche conmigo en brazos, en un avión rumbo a Argentina.

Según cuenta esta parte de la historia, el piloto, alertado por el personal de cabina de la presencia de una madre joven y bella con un crío de pocos  de meses en sus brazos, la invitó a la cabina para amenizar el viaje de mi madre y probablemente el suyo propio. La visión escalofriante de la cordillera extendiéndose infinita, helada y amenazante bajo la luz azul de una implacable luna llena llenaron de terror a su joven pasajera, que regresó a su asiento y no se movió de allí hasta aterrizar en Buenos Aires.

Lo cierto es que aterrizamos en una posada de mala muerte, que era lo único que su exiguo presupuesto podía pagar. Sin coordenadas definidas, ni siquiera un número telefónico donde comenzar, la búsqueda terminó tan pronto había comenzado, con nulos resultados, como era de suponerse.

Buenos Aires era aún en ese tiempo, una metrópolis gigantesca en donde un encuentro fortuito en la calle con mi padre sólo podría darse amparado en la mirada de los dioses. Y claramente los dioses no habían celebrado esta unión, y para mayor prueba, remítase a la hemorragia del comienzo de este relato.

De modo que una vez que la inutilidad de la empresa se hizo evidente, comenzó una segunda aventura: buscar los medios para sobrevivir en una ciudad poco amable a la extranjera venida del otro lado de la cordillera, aunque haya sido empujada por propósitos tan loables como encontrar al padre de su hijo.

De esa triste época se recuerda el memorable robo de unas botellas de leche por parte de mi madre, para darme alimento ya que por razones que ignoro no era posible que ella me alimentara de su propio pecho. Por cierto que las botellas de leche años más tarde me  fueron metódicamente cobradas una y otra vez, en una cuenta interminable que nunca lograba pagar, como si la peregrina idea de lanzarse a esa búsqueda demencial hubiera sido sugerida por mí.

En el intertanto y sin siquiera enterarse que su amada esposa recorría las calles de Buenos Aires en su búsqueda, mi padre se embarcaba de regreso a nuestro país, con la cabeza llena de ideas y una maleta llena de dinero para ponerlas en práctica.

Lo que ocurre a continuación ya es parte de la historia de nuestra patria, una de esas historias crudas y miserables que ocurren rápido y se olvidan más rápido aún. Lo que contaré ahora es apenas una recreación fragmentada que he logrado hacer en múltiples y vergonzosas conversaciones con algunos de los protagonistas de esta historia insólita y absurda.

Al llegar mi padre a Chile, se pone en contacto con el Gerente General de una de las más grandes emisoras de radio de ese momento. Ante la estupefacción de su interlocutor, mi padre le ofrece comprarle la radioemisora de inmediato, en dinero contante y sonante. El hombre propone una suma desmesurada para disuadirlo y ante su desolación, mi padre acepta el trato y le dice: - ahora, por favor déjeme la oficina que tengo mucho que hacer en mi radio.

Al día siguiente, la radio comienza a emitir propaganda política a favor del Gobierno Justicialista de Juan Domingo Perón, lo cual equivaldría hoy día a publicar avisos de propaganda política en el New York Times a favor de Osama Bin Laden o algo parecido.

Las frases radiales de propaganda alcanzaron a durar una semana, mientras el gobierno del general Ibáñez, acérrimo opositor de Perón en esa época, intentaba escapar con dignidad de la sorpresa.

La salida no fue nada de digna, sino todo lo contrario: los célebres guatones de la Policía Política de la época llegaron a la radioemisora y se llevaron a mi padre directamente a la cárcel, acusado de todas los pecados posibles del infierno, entre los cuales el que más recuerdo era  vende-patria…

Entretanto, mi madre rogaba a quien quisiera escucharla entre sus familiares, que le enviaran dinero para retornar a Chile, ya que se había enterado del regreso acelerado de mi padre y entendía que no tenía ningún sentido permanecer en Buenos Aires. Finalmente y después de varias semanas de espera, consiguió juntar lo necesario para adquirir el pasaje de regreso y pudimos regresar de esa triste aventura.

De modo que a mis cuatro o cinco meses de vida, yo ya había estado al borde de perder a mi madre en un baño de sangre, había cruzado la Cordillera de los Andes en busca de mi padre y ahora regresaba con las manos vacías y quizás pensando si la vida sería tan desquiciada en el futuro como había sido hasta ese momento. Unos cincuenta años más tarde, por cierto que he recibido respuestas suficientes a esa pregunta.

En fin, volviendo al tema del relato, apenas de regreso a su país, mi madre le hizo saber a mi padre, que aún estaba en la cárcel, de sus intenciones de separarse de él. Por cierto que en esa época no había legislación de divorcio, por lo tanto, el mensaje apuntaba al hecho que no se soñara mi padre de regresar a vivir con ella y conmigo al salir de la cárcel  si lograba salir algún día.

Así las cosas, Juan Domingo Perón resultaría ser el responsable indirecto de que me quedé tempranamente sin la figura paterna, pero tengo la impresión que a estas alturas y con casi todos los protagonistas muertos, la declaración de responsabilidades no sirve de mucho.

Siguiendo esta cronología, mi padre finalmente logró salir de prisión. Hasta el fin de sus días se comentaba que Perón le habría entregado mucho más dinero del que había usado en la compra de la radioemisora y una de las fantasías favoritas en esas lánguidas tardes familiares donde el sol se demora en esconderse y las horas eternizan, era imaginar que finalmente mi padre desenterraba un maletín enorme repleto de dólares y comenzaba la imaginaria repartición de dinero entre mi madre y mi abuela.

A juzgar por la vida modesta y muchas veces estrechísima que tuvo mi padre, tal parece que ese maletín no existió más que en la imaginación de mi familia materna, pero era una divertida y a la vez triste experiencia escucharlas repartirse los miles de dólares con una dedicación que merecía mejor destino.

Pero esto que comento ocurría muchos años después, ya que en la época del rompimiento del matrimonio, solamente éramos mi madre y yo atrincherados en la pequeña casa y mi padre rondando entre las sombras, sin destino ni propósito conocido.

Su propósito salió del anonimato una tarde en que mi madre había salido por unas pocas horas, dejándome al cuidado de una empleada. Entonces y sin previo aviso, apareció mi padre exigiendo verme de inmediato con la autoridad que su condición le otorgaba.  

Probablemente una vez más yo dormía en la cuna, ajeno a la escena que se desarrollaba ahí mismo, lo que me lleva a concluir que por dormilón me perdí las partes más sabrosas de mi propia historia, pero esa reflexión claramente no viene al caso.

El asunto es que finalmente quien estaba a cargo de mi custodia cedió ante los razonamientos y solicitudes de mi padre y le permitió verme y tomarme en sus brazos. No hizo más que tenerme en sus brazos para emprender una carrera y darse a la fuga apretándome contra su pecho, huyendo de la persecución desesperada de la empleada que llena de angustia le rogaba que devolviera al niño, o sea, a mí, protagonista de este dramático robo, que a esas alturas y con todo el escándalo de la situación, espero haberme despertado.

Ciego y sordo a los gritos y las amenazas, mi padre corrió a perderse y la empleada regresó destrozada a mi casa, esperando con terror el regreso inevitable de mi madre. La historia no detalla la reacción de mi madre al conocer la noticia, pero lo más probable es que no haya sido nada de amistosa. Las horas siguientes estuvieron llenas de angustia, con mi madre corriendo de un lugar a otro, en donde suponía que mi padre podría haberme llevado consigo.

Al caer la noche, mi madre logró confirmar  que mi padre estaba conmigo en la casa de sus padres. Una vez allí, sus suegros le corroboraron que efectivamente mi padre y yo estábamos allí y gozábamos ambos de un estupendo estado de salud, sin embargo no le permitieron a i madre transponer la puerta de entrada.

Para ella entonces comenzó una nueva y dolorosa aventura, que implicaba el concurso de abogados y juzgados y siquiatras, con el único propósito de recuperar a este hijo arrebatado por su padre. A estas alturas seguramente pensarán que era la típica maniobra del esposo frustrado que usa a su hijo para obligar a su esposa a reconsiderar la decisión de separación matrimonial. Pues este no era el caso, precisamente.

Lo que ocurría con mi padre y yo era mucho más demencial y extremo: subió a una buhardilla que poseía la amplia casona de sus padres y se encerró conmigo allí, con la estricta prohibición para todos los habitantes de la casa de no trasponer la entrada del lugar.

Sus instrucciones especificaban que se le dejaran las comidas puntualmente en el piso, frente a la puerta y se compraran los enseres que él detallaba prolijamente en listas escritas que dejaba junto con los platos vacíos de comida. Entre aquellos enseres se especificaban jabones para bebés, pañales y todo tipo de artículos para poder cuidarme y asearme. Dado que la buhardilla poseía un completo baño, el aseo podía realizarse allí mismo y no había motivo para salir de ese lugar.

Durante las próximas semanas, mi padre se dedicó por completo a mi cuidado, me convirtió en el motivo de su vida, en el único objeto de su amor desmesurado. Cuando se acercaban mis abuelos o su hermano, escasamente les permitía mirarme desde un par de metros de distancia, pero nadie, absolutamente nadie más que él podía tocarme con sus manos. Me lavaba, me alimentaba, me hacía dormir, me cuidaba el día y la noche enteros como una leona podría cuidar su cachorro moribundo.

Antes las inquietudes y angustias de sus padres, mis abuelos, les declaró que dedicaría su vida, de ahí en adelante, a cuidar a su hijo, a instruirlo hasta convertirlo en un hombre. Y se mantuvo encerrado semanas y semanas…

Entretanto, mi madre no perdía tiempo y denunciaba esta situación a cuanto juez encontraba a su paso, hasta que al cabo de un poco más de dos meses, logró conseguir una orden judicial para efectuar el operativo de mi rescate.

Entonces en otra tarde aciaga, un numeroso grupo de detectives tiró abajo la puerta de la buhardilla en donde mi padre se refugiaba conmigo y sin pedir ni dar explicaciones, le arrebató a mi padre su hijo desde los brazos y lo dejó sumido en el espanto y el dolor.

Acá la historia cuenta que el pobre hombre, herido en su más profunda sensibilidad y desquiciado de angustia, estuvo tres semanas completas tendido en su sofá, sin poder levantarse más que para ir al baño. Apenas comía bocado y luego se sumía en un obstinado silencio lleno de tristeza. Inútiles eran los ruegos de sus padres por animarlo, por convencerlo que se levantara de su dolor. Cumplidas las tres semanas y ni un día de menos, mi padre aparece bañado y afeitado en la mesa del comedor a la hora del almuerzo de un día domingo, como si fuera lo más natural del mundo.

Sus padres y su hermano no saben como enfrentar este nuevo escenario y permanecen en respetuoso silencio, como compartiendo un luto de ausencia, hasta que mi abuela le pregunta con un hilo de voz si piensa demandar la custodia de su hijo.

Mi padre levanta parsimonioso su cabeza y declara a su asombrado auditorio: - Ese niño no ha existido nunca y no existirá jamás - y sigue almorzando como si nada hubiera ocurrido.