El Espejo Maldito

Hace muchos años atrás cayó en mis manos un espejo astronómico Carl Zeiss de 8 Pulgadas, es decir un gigante óptico de más de 20 centímetros de diámetro, una verdadera maravilla de la artesanía, hecho íntegramente a mano cerca de 1940, antes de la Segunda Guerra Mundial.

La historia es perversa y merece ser contada: el espejo provenía de un astrónomo que se casó con una mujer tan estúpida como superficial, provista de una refinada maldad que está reservada a las más estúpidas y superficiales de todas.

Apenas casado, el pobre astrónomo pudo darse cuenta que en su hogar, además de su esposa se mudaría con él la hermana de su esposa, apenas un poco menos perversa que ella, pero finalmente madera del mismo árbol.

Entre ambas conspiraron para sumir a este hombre en una pesadilla que duró años de años, lo aislaron en un pequeño espacio de su hogar e hicieron sutil mofa de sus talentos e intereses, a tal punto que con los pocos visitantes, hablaban de él como “el loquito” de la casa.

Lo cierto es que el hombre era posiblemente el único cuerdo de todo ese lugar, porque los hijos de ese matrimonio resultaron seres tan anómalos, que servirían para contar toda otra historia, cosa que me ahorraré por ahora. Pero lo que al final quedó fue un anciano encerrado en una pieza pequeña, privado de su más querido propósito, que no era otro más que observar el cielo, con muchísimo más conocimiento e información que yo mismo, dado que sí era un destacado científico de su tiempo.

Como era previsible, este anciano murió triste y amargado, odiando la vida y especialmente estas dos mujeres, que finalmente le convencieron que no era otra cosa más que un loco digno de lástima y desprecio.

Después de su muerte y dado que la vida me llevó a estar cerca, pero no tanto, de estas mujeres, ellas decidieron regalarme, lees bien, regalarme el espejo de su principal telescopio casero, dado mi incipiente interés en la astronomía.

El día que me iban a entregar el espejo, la viuda me dijo que antes de cederme el espejo debía hacerme una seria advertencia. Yo me quedé en silencio, esperando una admonición terrible por el tono dramático con que había sido dicha la frase anterior. Entonces ella me dijo que yo tomaría en mis manos el espejo, bajo mi exclusiva responsabilidad, y que debía saber que el espejo podría sumergirme de lleno en la locura, porque era ese espejo maldito quien había arrastrado a la locura a su pobre marido recientemente fallecido.

Yo conocía la historia completa y poco faltó para que estallara en carcajadas, pero advertí que estaba frente al nacimiento de una leyenda urbana, esta vez “El Espejo Maldito”, capaz de convertir en loco al más santo de los hombres... La muy perversa no contenta con haber trastornado de pena y angustia a este pobre hombre en vida, una vez muerto se disponía a recordarlo como un santo varón, víctima de un espejo maldecido por los dioses, jugando el rol de la viuda desconsolada que necesita el consuelo de todos los demás.

Después de innúmeros esfuerzos y desvelos, logré construir un soporte telescópico para el espejo y armado con algo de curiosidad y mucho abrigo, aprovechando una noche que me regaló para la ocasión con un cielo privilegiado, di la primera mirada a lo que me imagino que los primates iniciales han dado hacia arriba: la Luna, colgando allá arriba.

Lo que ví me dejó literalmente mudo de asombro y espanto, no tanto por lo detalles asombrosos de los cráteres y todo eso que ya ha sido visto millones de veces en la TV y en las revistas, sino por la magnitud asombrosa y demente del espacio profundo que la rodea, una inmensidad silenciosa y oscura que me dejó aterrado de asombro y reverencia. Recuerdo con absoluta nitidez, que mi primer angustia astronómica fue constatar la arquitectura milagrosa de un equilibrio imposible, que mantiene la Luna flotando sobre nuestra cabezas sin que se caiga encima nuestro sin remedio ni consuelo.

Esa fue la primera de muchas noches de asombros y hallazgos, guiado solamente por mi curiosidad y sin propósito ni destino cierto más que disfrutar de la observación y la paz de allá arriba.

El espejo, por si alguien se lo está preguntando, cumplió su destino cierto de maldito entre los espejos y una noche de invierno, entre cambios de casa y escapadas furtivas, cayó en la desgracia de un sótano ajeno y se hundió en la noche de los tiempos y no apareció nunca más nunca, al menos cerca de mí.